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26 de octubre de 2014

un empate que sabe a poco

 Eibar y Granada. Un cóctel fantástico para el sábado noche. Unas ganas locas de apretarse unos cuantos chupitos, ante o post partido. Ya tiene Caparrós tiene el punto del que se lamentaba hace una semana, cuando se perdió contra el Rayo. Hasta la lectura positiva que tendría el empate final suena forzada. Se rompe la racha de cuatro derrotas seguidas. Algo es algo. Consuelo de pobres, quizás. Pesa más decir que se suma un punto de los últimos quince, que perfectamente pueden ser dieciocho viendo que llega el Madrid después de chorrear al Barcelona. Conveniemos. Den por bueno el empate en Eibar. Si quieren no sufrir mucho, olviden el juego. 

Sólo en un campo como Ipurúa podía marcar su primer gol en Primera División Allan Nyom. Llevaba tiempo intentándolo pero de todos es conocida su capacidad futbolística con el balón en los pies. Pero el camerunés se anotó su primer tanto con una tranquilidad y una clase que no se le suelen asociar. Lo provocó un desastre defensivo del Eibar en la cobertura de su lateral izquierdo, que dejó un espacio terrible para que Nyom controlara de pecho un cambio de orientación de Foulquier (más como esos, Dimi, muchos más) y casi sin dejarla caer tocarla lo justo para superar a Irureta. 
 Era el octavo minuto y el partido sólo vio un dueño: el Granada. No era un guión diferente al de otros encuentros. Hubo presión alta y presencia defensiva, pero esta vez le salió bien a Caparrós. El gol que siempre anhelaba en los primeros minutos ya lo tenía. Como le gusta. 
 
El gol (bien) anulado a Piovaccari por falta sobre Roberto culminó una fase del partido en la que el Eibar apretó a su estilo y el Granada quiso imponer fuerza. El encuentro se enzarzó en faltas y tarjetas. Menos mal que estaba de por medio un árbitro como Mateu, poco amigo de los cartones de colores, que si llega a ser con otro... Por ejemplo, Raúl Navas tuvo que ver la roja a la media hora por una patada a Córdoba a destiempo y tras pitar el árbitro. 
 
Controlar un partido en un campo de las dimensiones de Ipurúa es muy difícil, y aunque al Granada no se le vio incómodo en gran parte del partido, el equipo de Gaizka Garitano, a poco que lograra montar algún contragolpe o adelantarse en un rechace, generaba cierta zozobra. 
 
Buscó el segundo Piti en una falta lejana que lanzó potente, pero sin el ajuste suficiente para crear problemas a Irureta (33'). El Granada estaba sacudiéndose las embestidas de un Eibar que lo tenía muy claro, con balones siempre al área y en tromba. Pero en estas rondaba el partido cuando Bóveda marcó un golazo. Centro que sacó Piovaccari del área con la cabeza y el defensor vasco empalmó un derechazo que se coló como la moto de Marc Márquez en la escuadra de la meta de Roberto (37'). 
 
 No estaba el partido para el empate pero llegó y el Granada debió empezar a remar de nuevo. Dio la impresión de que al equipo rojiblanco ni a la idea de Caparrós le venía bien el tanto, sobre todo a un equipo que llegaba a Ipurúa con cuatro derrotas seguidas en el saco. Antes del descanso estuvo a punto de culminar el Eibar una remontada que hubiera sido, en ese instante, injusta. Piovaccari, sólo ante Roberto perdonó el 2-1 esquinando demasiado el balón. 
 
El italiano empezó la segunda parte igual, fallando una que fue mezcla entre la mítica de Abreu y la de Cardeñosa. La provocó una lucha de Saúl Berjón con Babin, a quien le robó la pelota dentro del área y la cedió atrás para que Piovaccari empujara la pelota al único lugar tapado por Murillo. Un error de bulto. ¿Roberto? No estaba bajo palos. 
 
Al Granada le faltó tener un mejor control del partido. Que sí, que en ese campo es muy difícil, pero por calidad de sus jugadores, era obligado que el conjunto rojiblanco, al menos, lo intentara. Quizás Piti fue el que puso algo más de calidad. Fue curioso comprobar que teniendo menos espacios que en Los Cármenes u otros campos, el catalán se moviera mejor. Pero superado en minuto veinte de la segunda parte estuvo desaparecido. 
 
El Granada fue como un coche que va a tirones. Por calidad deslumbran ciertos destellitos, como si bajo el diamante hubiera aún demasiadas toneladas de tierra. Mientras, el Eibar, sin ninguna clase individual, suplía esas carencias con sinergia de grupo. Con equipo. 
 
Pudo llegar el 2-1 otra vez en un disparo de Capa desde la frontal que salió desviado muy cerca del poste. Menos mal que Fran Rico tocó lo justo para que se fuera a córner (62'). 
 
La segunda parte fue, lo que algunos sabios del fútbol definieron a la perfección, un auténtico pestiño. El Granada volvió a no dar sensación de nada peligroso y cerca de ganar la media hora, el equipo de Caparrós no había tirado ninguna sola vez con peligro, mucho menos entre los tres palos. Parecía un equipo regido por la economía de guerra, prefiriendo conservar el punto que tenía en asegurado con el 1-1 que de buscar una victoria balsámica. 
 
Las ocasiones eran una quimera. Sólo había alguna internada del Eibar y alguna galopada individualista del Granada, como una de Jhon Córdoba en el 76' que se zampó cuando tenía mejores opciones. 

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